Capitulo 6 : Entre la sobriedad y la peste
A partir de 1830, la vida de Merceditas volvió a cambiar drásticamente. Desde ese momento y hasta el fin de sus días, su destino estuvo ligado a Francia; primero viviendo en París y, más tarde, en una casa que consiguieron en las afueras de la capital.
Cuando cumplió los 15 años, llegó esa edad que en la época marcaba la presentación social de toda «niña mujer». Sin embargo, para ella todo fue completamente distinto. Merceditas no tuvo una fiesta tradicional ni un debut en la sociedad parisina, a pesar de que esa era la estricta costumbre para las jóvenes aristócratas tanto en Europa como en el Río de la Plata. Su adolescencia estuvo marcada por circunstancias muy alejadas de los bailes de gala, principalmente por dos grandes motivos.
El primero fue la estricta educación impuesta por José de San Martín, quien crió a su hija bajo los valores de la sencillez, la humildad y el desapego por el lujo ostentoso. Aquella máxima de su padre, «inspirarle amor al aseo y desprecio al lujo» o «hablar poco y lo preciso», quedaron grabadas a fuego en el corazón de la joven. Sabiendo que el General aborrecía la frivolidad de las altas sociedades cortesanas, Mercedes abrazó una profunda sobriedad intelectual. Así, se dedicó a aprender idiomas, pintura y música, en lugar de prepararse para lucirse en los salones aristocráticos.
El otro motivo, aún más impactante, fue que debieron abandonar París apresuradamente para refugiarse en el campo debido a un devastador brote de cólera. En lugar de un fastuoso debut social con vestidos de gala, los 15 años de Merceditas transcurrieron en una modesta casa de Montmorency, luchando entre la vida y la muerte donde ademas cuidaba a su padre. Al mismo tiempo, su joven corazón lidiaba con las noticias de una epidemia terrible que colapsó la capital francesa, cobrándose la vida de unas 18.000 personas en la ciudad y más de 100.000 en toda Francia.
Esta enfermedad se propagó con violencia debido a las pésimas condiciones de higiene y al hacinamiento urbano de la época. Al desatarse el brote en marzo de 1832, San Martín qu,ien ya conocía el horror de las epidemias por haber vivido la fiebre amarilla en Cádiz en 1804, decidió huir de París junto a Mercedes y su criado. Se refugiaron en una casa de campo en Montmorency, un pequeño pueblo a unos 20 kilómetros al norte de la capital, creyendo que allí estarían a salvo.
Lamentablemente, el aislamiento no bastó. A fines de marzo de 1832, Merceditas contrajo la enfermedad de forma muy grave. Solo tres días después, el propio San Martín también cayó infectado. En una carta dirigida a su amigo Bernardo O’Higgins, el General relató el sufrimiento vivido y cómo se salvaron gracias a la llegada inesperada de un compatriota: «El cólera nos invadió a fines de marzo y mi hija fue atacada del modo más terrible; yo caí tres días después… un joven médico paraba en nuestra casita de campo, y este fue nuestro redentor…». Aquel joven médico era Mariano Balcarce, quien más tarde se convertiría en el esposo de Merceditas.
La epidemia causó semejante desastre, porque el sistema de salud pública en el París de 1832 era rudimentaria, clasista e incapaz de contener una emergencia. La llegada del cólera expuso las profundas desigualdades de la Revolución Industrial y transformó la medicina urbana para siempre. Para empezar, no había ninguna base científica: se desconocía que la enfermedad era causada por una bacteria y se creía en la teoría de los gases tóxicos del «aire podrido». Por pura ignorancia, los médicos aplicaban sangrías con sanguijuelas, lo que deshidrataba aún más a los pacientes y aceleraba su muerte. Hospitales públicos como el Hôtel-Dieu se convirtieron en focos de infección masiva, donde los enfermos se hacinaban compartiendo camas.
A esto se sumaba una higiene urbana deficiente. El río Sena servía simultáneamente como fuente de agua potable y como principal vertedero de excrementos y desechos industriales. Además, los barrios obreros del centro de París carecían de cloacas, ventilación y luz solar, acumulando basura en las calles angostas. Esto provocó una mortalidad brutalmente desigual: el 75% de las muertes se concentró en los distritos más pobres, mientras que la burguesía y la aristocracia huyeron a sus fincas de campo, tal como intentó hacer San Martín.
Aquel año del cólera también desató graves revueltas sociales. El pueblo, desesperado, creyó el rumor de que el gobierno burgués de Luis Felipe I estaba envenenando los pozos de agua para reducir la población pobre, lo que provocó violentas protestas. A la larga, esta crisis demostró que la suciedad urbana mataba. Décadas más tarde, impulsó la transformación total de París, demoliendo el viejo centro medieval para construir avenidas anchas, plazas y un sistema moderno de cloacas y agua corriente.
Para entender el contexto histórico, el personaje más famoso y con mayor impacto que sucumbió a la epidemia de 1832 en París fue el General Jean Maximilien Lamarque, un respetado héroe de las guerras napoleónicas y ferviente defensor de las clases populares. Su muerte desató una rebelión popular que inspiró la famosa novela Los Miserables de Víctor Hugo.
Pero no fue el único. Otras grandes figuras públicas y científicas murieron en la capital francesa durante ese mismo brote. Entre ellas estaba Casimir Pierre Périer, el Primer Ministro de Francia, quien se contagió tras realizar una visita oficial a los hospitales para contener el pánico y falleció el 16 de mayo de 1832, sumiendo al gobierno en una profunda crisis política. También murió Georges Cuvier, uno de los naturalistas más importantes de la historia y padre de la paleontología. Y quizás uno de los casos más tristes fue el de Nicolas Léonard Sadi Carnot, el célebre físico pionero de la termodinámica, quien falleció el 24 de agosto de 1832 a los 36 años. Debido al temor al contagio, la gran mayoría de sus pertenencias y escritos científicos fueron enterrados con él y destruidos para siempre. Esta tragedia ocurrió justo en el cumpleaños de Mercedes, una coincidencia de fechas que sin duda debió impactarla profundamente.
Mientras Merceditas se sentía casi al límite de su vida en esa casa de campo, en el resto de Europa la realidad política mostraba un panorama muy particular. Se empeaban a organizar las vidas de otras las mujeres , las más destacadas y con mayor poder político en el continente eran jóvenes reinas y regentes que gobernaban distintos reinos. Por un lado, María II de Portugal gobernaria como reina por derecho propio desde 1834. En España, Isabel II era una niña reina que a asumiria el trono en 1833, por lo que el poder real lo ejercía su madre como reina regente, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. Mientras tanto, María Luisa de Austria, viuda de Napoleón Bonaparte, gobernaba como soberana el Ducado de Parma y Piacenza. Y en el Reino Unido, una joven princesa llamada Victoria era la heredera al trono, a solo un año de ascender para convertirse en la legendaria reina británica en 1837.
Así, entre la severidad de su educación, el azote de la peste y un mapa europeo dominado por jóvenes que serian futuras coronadas se iba moldeando el carácter y el destino de Mercedes.
Luchando en la cama, rozando la muerte,
la sombra del Sena su aliento robó,
pero el destino mudó de repente
cuando un joven médico a la casa entró.
Mariano Balcarce, compatriota y doctor,
llegó como herencia de una bendición;
sanando los cuerpos, sembrando el amor,
fue el fiel redentor de su fiel corazón.