Liliana Bodoc y su legado
Liliana Chiavetta, más conocida como Liliana Bodoc, fue una talentosa escritora y poeta argentina que revolucionó la literatura juvenil y adulta de nuestro continente. Santafesina de origen pero mendocina por adopción desde su primera infancia, su vida estuvo marcada por cambios radicales y una profunda sensibilidad humana. Su fallecimiento, ocurrido la madrugada del 6 de febrero de 2018 a los 59 años a causa de un paro cardíaco, dejó un vacío inmenso, pero también un legado literario imborrable.
Con su aclamada trilogía La saga de los confines, Bodoc se erigió como la gran revelación de la épica y la literatura fantástica en español. Su éxito trascendió fronteras y sus libros fueron traducidos al alemán, neerlandés, japonés, polaco, inglés e italiano.
La saga de los confines destaca por la construcción de personajes entrañables y complejos que dotan de un enorme contexto a la historia. El eje central de la obra es la invasión de Las Tierras Fértiles por parte de ejércitos llegados a través del mar desde las Tierras Antiguas. Este argumento establece un paralelismo directo con la conquista de América por parte de Europa.
Las similitudes con el proceso histórico de 1492 son numerosas y profundas:
geografía: La cartografía de la saga evoca sutilmente las formas de los continentes americano y europeo.
La resistencia y el exterminio: La obra refleja las intenciones de los conquistadores, las formas de combate y el devastador impacto de las enfermedades traídas de ultramar que diezmaron a los nativos.
La raíz indígena: Aunque la nomenclatura de los lugares es mayormente en castellano, los nombres de los personajes principales (como Dulkancellin, Kush, Kupuka y Shampalwe) tienen una marcada raíz prehispánica. La arquitectura, la vestimenta, la economía y las formas de gobierno están profundamente nutridas por las culturas precolombinas.
La reinvención del género: Una Tolkien latinoamericana y feminista
Muchos consideran a Bodoc como la «Tolkien latinoamericana y feminista». Admiradora confesa del autor británico, Liliana logró una hazaña única, transformar un género tradicionalmente eurocéntrico y adaptarlo a la idiosincrasia de nuestro sur. Reinventó el relato maravilloso por fuera del sistema literario comercial, combinando la épica tradicional con la memoria y los saberes de los pueblos originarios.
Toda su escritura tuvo un sólido respaldo académico, nacido de sus estudios en la Licenciatura en Letras de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCUYO) y de su posterior labor como docente de Literatura Española y Argentina en los colegios secundarios de dicha institución.
En 1994, su vida dio un vuelco espiritual. Tras sentir una fuerte empatía por el pueblo musulmán durante la primera Guerra del Golfo, Liliana visitó la mezquita de Mendoza. Allí conoció a Jaled, un cuidador cuya calidez y profunda humanidad la acercaron definitivamente al islam. Su conversión también estuvo ligada a su gran pasión por la poesía, encontrando en el sufismo (la rama mística de esta religión) una fuente de inspiración inagotable.
Con los años, se distanció de los dogmas más estrictos, como el uso del velo, y solía definirse con humor como una «mala musulmana» por no cumplir con todos los rituales formales. Sin embargo, conservó intactas las nociones de trascendencia y comunidad. Esta espiritualidad transformó su obra, a diferencia de la fantasía épica tradicional, el Mal en sus libros no es absoluto ni se vence solo con armas; surge de la soledad, el orgullo y el vacío de amor, y se combate con resistencia cultural, memoria y comunidad. Un rasgo, sin dudas, nacido de su sensibilidad femenina.
Su herencia literaria sigue viva gracias a sus hijos, Galileo y Romina, quienes asumieron la inmensa tarea de completar y publicar el tercer volumen de su saga posterior, Tiempo de dragones (Las crónicas del mundo). Movidos por la necesidad de compartir ese tesoro que tenían entre manos, sus hijos abrazaron una de las máximas que la autora repetía en sus charlas: “El lenguaje es un encadenamiento de voces y entre un autor y su obra hay un espacio de juego que pertenece a todos”.
El impacto de su figura es tan grande que actualmente existe un proyecto de ordenanza en la Municipalidad de Las Heras para bautizar una calle, un barrio o una plaza de ese departamento mendocino con su nombre; un reconocimiento urgente para mantener viva su memoria en la tierra que la vio crecer.
Cierro este homenaje con un fragmento de las conmovedoras palabras que pronunció en mayo de 2016, al recibir el Doctorado Honoris Causa de la UNCUYO, en su discurso titulado La palabra y la honra:“Porque nuestras palabras pueden denotar, aludir, adornar, pero pueden también obrar, ungir, transformar. Y entonces, no será tan solo la profusión sino también la cualidad sagrada y generadora que le otorguemos al lenguaje lo que va a constituir nuestros universos individuales y colectivos. En fin, el verdadero límite de nuestros mundos estará dado por la mayor o menor concentración simbólica, la mayor o menor intensidad sagrada que impregne nuestro lenguaje.”