Un legado de siglos y culturas
Si consideramos que hablar de folklore significa hablar de la cultura de los pueblos, podemos afirmar que el folklore mendocino es el resultado de siglos de consolidación de distintas culturas.
Nuestros pueblos originarios se formaron con corrientes humanas llegadas desde dos puntos cardinales:
- Desde el norte: Comunidades que caminaron por los valles cordilleranos desplazándose desde el actual territorio boliviano y el noroeste argentino. Esto fue posible gracias al retroceso de los glaciares, que abrió huellas para su avance.
- Desde el oeste: Grupos que cruzaron la cordillera de los Andes.
Estudios antropológicos demuestran que estos pobladores eran descendientes de los humanos que cruzaron el Estrecho de Bering y bajaron lentamente hacia el sur. No fue una migración planificada, sino el desplazamiento de pequeños grupos familiares en busca de comida, agua y rocas para fabricar sus herramientas.
Existen yacimientos clave que demuestran estos asentamientos primitivos:
- Aguas de la Cueva: Ubicado al norte, en el actual departamento de Las Heras.
- Cueva del Bourdari: Situada en el Valle de Uspallata, funcionaba como refugio de piedra durante los cruces hacia el occidente.
- Gruta del Indio: Ubicada en San Rafael, es un sitio crucial para la arqueología de Sudamérica, ya que allí se encontraron restos de animales extintos como el milodón y caballos americanos primitivos.
- El Indígeno: Localizado a gran altura sobre el nivel del mar, en la naciente del río Diamante.
- Parque Arqueológico Villa Las Tinajas: Espacio que resguarda aleros rocosos con arte rupestre.
Unos 8000 años más tarde, estas comunidades se volvieron sedentarias y formaron la cultura huarpe, la cual habitó principalmente el centro y norte del territorio mendocino. Mientras tanto, en la zona sur, las comunidades nómades de puelches y chiquillanes continuaron subsistiendo de la caza del guanaco y la recolección de algarroba hasta la llegada de los españoles.
El Imperio del Tahuantinsuyo llegó al territorio mendocino alrededor del año 1480 de nuestra era. Su dominio duró apenas 50 años, pero generó la frontera más austral de ese gigantesco imperio.
Esta llegada modificó sustancialmente a la comunidad huarpe:
- Impuso el idioma quechua.
- Enseñó la cría de llamas.
- Introdujo nuevas técnicas textiles.
- Promovió el cultivo de la quínoa.
- Perfeccionó los sistemas de riego.
En 1561 llegó el conquistador español, quien esclavizó a la pacífica comunidad huarpe para utilizarla como mano de obra hábil. Sin embargo, los españoles también aportaron elementos fundamentales para nuestra identidad cultural: la guitarra (o vihuela), la métrica poética y las danzas.
Esa mezcla dio nacimiento a la identidad cultural de la provincia. Es importante recordar que aquel conquistador venía con sus propios antecedentes de pueblo conquistado:
- La impronta romana: Hace dos mil años, los antepasados de los españoles fueron sometidos por los romanos durante siete siglos. Ellos bautizaron al territorio como Hispania y legaron el idioma (el español deriva del latín vulgar), el cristianismo, el derecho, la arquitectura, la ingeniería, la literatura y un fuerte sentido del pragmatismo.
- La influencia mora: Posteriormente, el territorio español fue invadido y ocupado por los moros durante ocho siglos, hasta la caída de Granada a fines del siglo XV (el mismo siglo del descubrimiento de América). De ellos heredaron el gusto por las melodías de guitarra, las empanadas y palabras como almohada, alcohol, aljibe y alfarero. Hoy en día, el español cuenta con más de 800 arabismos simples que, con sus derivados, rondan los 4000.
De este modo, el español que llegó a nuestro continente era un conquistador que había sido largamente conquistado. Por ello seguimos hablando y escribiendo como ellos, mientras las columnas grecorromanas sostienen muchos de nuestros edificios públicos.
Lo europeo se introdujo en nuestro suelo por la fuerza, por contagio o por adopción. A pesar de los episodios de violencia, se generó un espacio para la integración que terminó conformando la cultura criolla. Como sostiene Mario Vargas Llosa, esta cultura es un estilo de vida, una manera de ser que importa tanto como el contenido; es una propensión del espíritu, una sensibilidad y un cultivo de la forma que da sentido y orientación a los conocimientos.
Finalmente, esta identidad se convierte en nuestro patrimonio: un conjunto de bienes naturales y culturales (materiales e inmateriales) que una generación hereda y transmite a la siguiente para su conservación y enriquecimiento. La palabra deriva del latín patri («padre») y monium («recibido»), lo que significa «lo recibido por línea paterna». El concepto actual se remonta a la República Romana, donde la propiedad familiar de los patricios (de pater) se heredaba de generación en generación con derechos para todos sus miembros. Este origen etimológico nos remite a los bienes de los antepasados que traspasaremos como herencia si los cuidamos. Es un legado que apoya su relato del pasado de manera visual, material o simbólica.
continuara…