Capitulo 5 : Sus años en Bélgica
En 1826, debido a sus escasos ingresos, el general José de San Martín tomó la difícil decisión de retirar a su hija del internado en Inglaterra para trasladarla a uno más económico en Bruselas, Bélgica, ciudad donde él residía desde 1825. En este nuevo establecimiento, Mercedes recibió una educación completamente en francés. Gracias a su natural facilidad para los idiomas, la niña lo aprendió con rapidez. En solo tres años, enriqueció su intelecto de una manera tan sorprendente que llenó de orgullo a su padre, quien compartía este entusiasmo en sus cartas a su gran amigo Tomás Guido.
Entre 1825 y 1830, el general habitó una casa rural ubicada, según sus propios escritos, a tres cuadras de la muralla de la ciudad. Allí disfrutaba de la compañía de su querido hermano Justo Rufino y se dedicaba a sus grandes pasiones: la carpintería, la siembra y el cuidado del jardín.
San Martín aprovechó los hermosos campos de Bruselas, rodeados de imponentes áreas verdes y bosques suburbanos, para pasear con su hija. Durante estas caminatas vespertinas a pie o las salidas a caballo, el general le transmitía a Mercedes el amor por la sencillez y el respeto a la naturaleza. Este entorno inspiró la primera máxima escrita en suelo belga: «Humanizar el carácter y hacerlo sensible aun con los insectos que nos perjudican».
El paseo más significativo y documentado de este período fue la visita al campo de batalla de Waterloo, situado a solo 20 kilómetros al sur de Bruselas. Como admirador de las estrategias militares de Napoleón Bonaparte, San Martín llevó a Mercedes a recorrer el terreno exacto donde el emperador francés había sido derrotado una década antes, en 1815. Testigos de la época señalaron que el general explicaba los movimientos de las tropas con tal nivel de detalle y pedagogía que la excursión se transformaba en una clase magistral de historia y geopolítica. El regreso de estas largas jornadas solía ser al galope, bajo el sol del verano belga. De forma muy esporádica, ambos asistían a funciones en el prestigioso Teatro de La Moneda, salidas que ocurrían únicamente cuando algún amigo o diplomático local los invitaba a su palco privado.
Su tío Justo Rufino se transformó en una figura clave para Mercedes durante el exilio belga, actuando como el principal sostén emocional y económico de la familia. Al contar con una posición financiera más estable gracias a su propia carrera militar, Justo financió gran parte de los gastos iniciales, el alquiler de la casa de campo y sus estudios.
Entre 1826 y 1830, Justo convivió con su hermano y su sobrina en la propiedad de las afueras de Bruselas. Compartía con el Libertador la pasión por la lectura y los trabajos manuales; mientras Mercedes pasaba la semana en el colegio, los hermanos trabajaban en el taller de carpintería, cultivaban el huerto y debatían las noticias políticas que los barcos traían desde el Río de la Plata. Para por ello para Mercedes su tío representó la estabilidad familiar en un continente extraño. Él participaba activamente de los paseos dominicales, la recibía con afecto en sus días libres y colaboraba firmemente en la vigilancia de su educación moral, asegurando el cumplimiento de las máximas de su hermano. Ambos se esmeraron para que la joven construyera recuerdos felices, contrastando con las dificultades de su temprana infancia.
En 1830, la tranquilidad se vio interrumpida por el estallido de la Revolución de los Países Bajos, lo que obligó a la familia a mudarse a Francia. Mercedes ya rondaba los 14 años, la misma edad que tenía su madre, Remedios de Escalada, cuando unió su destino al del general. Sin embargo, Mercedes demostró un carácter maduro, cauto y obediente a los mandatos paternos, aceptando con profundo respeto el traslado.
San Martín, su hija, su criado y Justo Rufino se establecieron en París, donde alquilaron un departamento en la Rue de Provence, cerca de la Ópera. Fue en esta nueva etapa donde Justo Rufino actuó nuevamente como un nexo providencial al presentarle al banquero y mecenas español Alejandro Aguado. Este encuentro inició una profunda y salvadora amistad que convirtió a Aguado en el gran protector económico de San Martín y su hija, durante el resto de su exilio en Francia.
A caballo, en las tardes de estío,
recorriendo senderos lejanos,
va Mercedes al lado del tío,
compañero fiel de su hermano.
Donde Justo es el ancla y sustento,
un abrazo en el suelo extranjero,
que vigila con firme cuidado
las máximas del buen caballero.